Iba con mi papá por un caminito
escarpado. Tenía 9 años. Subíamos un cerro pequeño de Cachi, un pueblo calchaquí de la
provincia de Salta. Íbamos en busca de una vaca lechera.
Mis padres ya habían probado con el Decadrón, la Teosona, el Respimex, el
vapor de eucaliptus, el té de penca, el vino Abuelo con huevo crudo por las
mañanas, pero yo no me curaba. Un día
escucharon que para terminar con el asma lo mejor era darle de beber, al afectado, un vaso de leche "al pie de la vaca". Por eso fuimos con papá, durante esas
vacaciones en Cachi, en busca de la vaca lechera que me iba a curar.
Había una casita en la cima, un corral grande con
animales, una vaca negra y blanca, como las de los dibujitos. Un señor la ordeñó y me alcanzó un vaso de
plástico con el líquido caliente. La leche era un torrente de sal espesa y
grasosa. No recuerdo si tomé el vaso entero.
A los 14 años tuve mi último ataque de asma. Un día iba a curarme, y me curé. Mis padres y sus artilugios para terminar con mi asma me enseñaron que es necesario hacer todo lo posible para tratar de estar bien, para curarse.
Sé que tengo que salir siempre en busca de la vaca lechera, por más que el cerro esté lejos y sea un poco difícil de subir. Sirve para curarse por dentro, para respirar al fin.
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Pintura de DIDIER FRANCO (Colombia, 1974) |
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